20170922 – La Jaula

A veces, la persona encargada de hacer mis sueños tiene presupuesto. Contrata un guionista relativamente decente -creo yo-, alguien hace casting y, por si fuera poco, se preocupa de tener buenos efectos especiales. De esas veces, las menos, ciertamente, algunas memorias difusas me acompañan al abrir los ojos. Es así como, desde 2015, vengo tomando nota de los aspectos más relevantes de esas historias. Las repaso, las re-escribo y, en ocasiones aún menores, formo relatos.

“La Jaula” es el último de esos relatos, pero el primero en publicarse. Espero sea de tu agrado y, si tienes tiempo y ganas, agradeceré tus comentarios, criticas y sugerencias.

Alejandra y yo nos despedimos, teníamos que irnos al trabajo y ya habíamos gastado un tiempo notable, entretenidos conversando con algún vecino. Miré el reloj y eran las 7.50 a.m., estaba a diez minutos de mi horario de entrada; considerablemente atrasado. Había pensado volver al departamento e irme en bicicleta, pero eso fue antes de mirar la hora, a estas alturas el metro era mi única opción. Así que me encaminé a la estación.

Algo había sucedido. Estaba completamente cerrada y, ahora que lo pienso, no andaba un alma. El ambiente era frío, no sólo de temperatura, sino también por la iluminación, desolado es una buena descripción.

Fue entonces -¿fue entonces?- que se detuvo una camioneta y alguien me llamó. Era uno de los amigos de Rafa (nuestro gerente de recursos humanos), un moreno de cabellos rasta y rasgos toscos, que vestía una jardinera de jeans y, bajo ella, una polera negra.

¡Peter! -dijo- voy a la oficina, pero tengo que pasar a buscar un encargo del Rafa antes ¿te llevo?.

Ya estaba atrasado y parecía mi mejor opción para no estarlo más. Subí.

Todo lo que me dijo se ha borrado de la memoria -¿es normal no?-, sus palabras me entraban por un oído y salían por el otro, le contestaba en piloto automático. Al poco rato estábamos en los suburbios. Casas corroídas por el tiempo, descuidadas, sin pintura, con ladrillos de menos, que se encontraban bajo la carretera de alta velocidad. Recién entonces noté que nuestro vehículo era blindado. ¿En qué me había metido? -¿cuándo me atrapó?- Ni bien mi acompañante bajó de la camioneta, con una sonrisa desganada en el rostro, un maletín en una mano y una uzi en la otra, empezaron a llover los balazos en dirección nuestra. Se perdió en un edificio de dos pisos, muy similar al de los cazafantasmas, aquella película del 84, pero en condiciones deplorables. Esa fue la última vez que lo vi.

Yo estaba acurrucado en mi asiento, mientras la camioneta se estremecía con la lluvia de plomo. De pronto, la balacera cesó. Tardé en mirar por la ventana. Tenía miedo. No había nadie alrededor, tan abandonado, desierto y despoblado como la estación de metro. Entonces, un estruendo llegó a mis oídos y no sólo eso. Me sentí como han de sentirse los calcetines dentro de una lavadora, claro, si tuvieran sentimientos. Rodamos, yo y la camioneta, por varios metros. Quizá perdí el conocimiento -¿realmente lo hice?-, tenía que salir de ahí.

No recuerdo haberme cerciorado de estar solo cuando salí. Lo único que recuerdo es que corrí. Corrí como si el demonio me persiguiera. Corrí sin rumbo, sin descanso, sin detenerme. Hasta que vi un lugar conocido, estaba frente a mi trabajo. Entré y no había nadie. Fui al baño, me mojé, bebí agua y respiré -¿respiré?- … me tomé una pausa para recuperar el aliento… encendí mi computador y me senté. Mi teléfono empezó a sonar. Contesté:

-¿Aló?
-¿Don Peter?
-¿Richie?
-¿Cómo está? ¿Se encuentra bien?
-Estoy en la oficina, no hay nadie -fue cuando… ¿lo ví?- me parece que está Juan.
-Peter, yo estoy en la oficina, debiste llegar hace dos horas …- no escuché nada más, aunque Ricardo seguía hablando.

Entonces, sin más, lo supe. No supe desde cuando, no tengo idea del momento exacto, pero ahora estaba ahí, sin duda alguna. Estaba atrapado en mi cuerpo, en mi mente. Un Horror descomunal me invadió. ¿Estaba muerto? No. ¿Había caído en coma? No lo sé. ¿Había una forma de salir de ahí? Nunca lo supe.